El último viaje de la reina de Saba
- Josep A. Borrell
- 14 mar 2015
- 3 Min. de lectura
Es una fecha muy especial. Es la celebración religiosa más importante de Etiopía. Es el Timkat o día de la Epifanía, es decir la jornada en la que se conmemora el bautismo de Jesús en el río Jordán, un acontecimiento que se celebra a mediados de enero de cada año en este rincón del África Negra, donde aún rige una variedad del calendario juliano (no el gregoriano, como en el mundo Católico) que celebra la Navidad el día 6 de enero y la Epifanía una semana después.

El Timkat dura tres jornadas extraordinarias y es un espectáculo religioso único que se vive con gran fervor y devoción desde al menos hace dieciséis siglos. ¿Mil seiscientos años? Así es, exactamente, desde que en el siglo IV cuando dos mercaderes procedentes del Mediterráneo oriental convirtieron al Cristianismo al emperador de Axum (la antigua Etiopía), más o menos por la misma época en que esa nueva fe se extendía por una península Ibérica dominada por Roma. El Cristianismo fue, por lo que se deduce, antes negroafricano que español o portugués.
Las sorpresas no acaban aquí. A este gran viaje en el tiempo, que es el Timkat etíope, se le unen más atractivos. A la particular manera africana de hacer brillar las fiestas religiosas se suma una tradición que rompe muchos esquemas: el color que aportan las casullas de los monjes ortodoxos, la banda sonora excepcional que acompaña la ceremonia, el ambiente envolvente que forman los innumerables cánticos que entonan los devotos, las mil y una plegarias que recitan los diáconos. Todos ello acompañando al principal protagonista de la cita: el Tabot, la réplica de las Tablas de la Ley, que el Abuna -la máxima autoridad religiosa etíope- muestra a los fieles al inicio y final de una ceremonia, cuyo momento más álgido es el bautizo colectivo, símbolo de la renovación de la fe.
Según cuenta la tradición, el Tabot llegó a estas tierras de la mano de Makeda, la reina de Saba, tras visitar Israel. Son una copia de los Diez Mandamientos que Moisés recibió en el monte Sinaí. No fue lo único que se trajo la de Saba del reino de Salomón. En su vientre venía también Menelik, el que sería primer emperador de Etiopía, fruto de sus amores con el rey de Jerusalén. Las raíces de esta Etiopía cristiana se hunden por tanto también en el Antiguo Testamento. Quizá Indiana Jones se equivocó en buscar el “Arca Perdida” en Egipto, y debería haber empezado la búsqueda en la iglesia de Biet Ghiorgis de Lalibela, erigida en honor a San Jorge, que simboliza el Arca de Noé. Si los guionistas de Hollywood viajaran más, tendrían mejores argumentos.
No les quepa la menor duda. Etiopía, en su conjunto, es una tierra maravillosa, pero el Norte de este país es excepcional. Aquí la historia y la leyenda se funden de un realismo mágico que podría superar al mismo Macondo de García Márquez. Nos encontramos en un lugar que reúne conmemoraciones asombrosas como el Timkat, con ciudades encantadas como la vieja Axum, la mágica Lalileba o la señorial Gondar. Todo ello en un entorno pródigo en bellos paisajes. El Nilo Azul, que nace aquí, riega un altiplano con generosidad y densamente poblado de bosques, y una montaña favorece el fresco, a pesar de encontrarnos ya más cerca del Ecuador que del Trópico de Cáncer. No muy lejos se sitúa el Parque Nacional de las Montañas de Simien con su superpoblación de babuinos o el de Awash con grandes rebaños de oryx y gacelas. Fabulosa naturaleza… ¿Y si resulta que el Edén también estuvo aquí? Por algo los antropólogos se entestan en encontrar los orígenes de la humanidad en Etiopía.
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